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Morbosidad Ambulante

4 febrero 2010 1 comentario

Cuando yo era más jóven, era muy celoso.

Bueh, creo que todos tenemos algo de celosos, no nos gusta que nos pedaleen la bicicleta. Sobre todo si tu pareja en turno es de lo más “llamativo” (por decirlo de alguna manera) para las demás mentes (y miradas) morbosas por donde andas deambulando.

¿Qué te mira ese? ¿Qué le miras? ¿Lo conoces o qué? Son sólo algunas de las preguntas del típico celoso que, por lo general, tiene el típico (ji) complejo de inferioridad. Si no tienes seguridad en tí, estás jodido.

#G es una mujer muy hermosa. No desconfío de ella, al contrario. Varias veces me ha preguntado si estoy celoso. Que por qué tengo esa cara. Que por qué me pongo serio. Invariablemente le digo que no estoy celoso, porque no lo estoy, me cae. A lo largo de estos años, he comprendido que no ganas nada. Aparte, confío ciegamente en ella. Cuando traigo mi jeta (regularmente) es porque ando cansado. Porque ando medio enfadado del día. No por estar celoso. No por desconfiar de ella. Ella tiene su espacio. Ella tiene sus amistades. Ella tiene sus pretendientes…

Ah, porque eso sí, admitamos que hay güeyes que les encanta acosar a las chicas aún a sabiendas de que tienen güey. Ajá, si, yo soy el güey ¬¬’. Cuando vamos al cine, me percato (vaya que no es algo a lo que siempre esté pendiente) de las miradas morbosas de los chavos de 21 a 25 años hacia ella. No me sorprende, sé con quién ando y sé quien soy, y lo que valemos juntos. Ella es atractiva. Ella es hermosa. Y no es por estar en la baba (enamorado pues) con ella, sino porque es la verdad.

La cosa es: no ser celoso ¿para qué? Tardas más en enojarte y contentarte que vivir lo que tengas que vivir con tu pareja. Sólo la persona celosa es aquella que no tiene confianza en sí misma. Mejor, si eres así, atiéndete antes de andar con alguien, porque tus relaciones están destinadas al fracaso.

Bueh, yo digo, tampoco puedo ser tan tremendista…

Ese soy yo, y puedo estar mal… Tal vez es una terrible tragedia…

Cheers…

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Ángeles en el infierno (Parte 4)

24 diciembre 2009 Deja un comentario

“Y los reunió en el lugar que en hebreo se llama Armagedón”

Apocalipsis, C. 16, V. 16

Te ví ahí, tendida en el suelo. Me acerqué. Tome tu mano y te grité “Despierta”. No hubo respuesta, tomé tu rostro, hermoso, nunca imaginado y una sensación extraña invadió mi cuerpo. Lentamente abrías los ojos. Un fulgor emanaba de ellos, como el amanecer de un campo llano. “Bésame” dijiste, y al tocar los labios con los míos, sentí un calor especial, ese calor que invadió todo mi ser. “Yo te cuidaré, lo prometo” dijiste.

De repente, el despertar.

Hugo había sido golpeado por uno de los demonios. El cuarto donde se hallaba no era muy grande, tal vez de dos metros cuadrados. A su lado, la forma humana de Abaddón se encontraba pelando una naranja.

– Vaya, vaya. Eres idéntico a Naveda, de éso no cabe duda.

– N-no sé de qué hablas ¿quién éres tú? ¿qué hago aquí? ¿es la penitenciaría?

Abaddón siguió en la misma posición, la naranja estaba en su última fase.

– Imagina que éste fruto, tan delicioso, tan jugoso, es La Tierra. No cabe duda que aquí se concentra la mayor parte de la espiritualidad en ésta parte del cosmos. Verás, ustedes no son únicos, son parte de una cadena, en otros lados, en otros universos, hay más materia espiritual. Todo ciclo tiende a terminar. Nada es eterno. Es por eso que las almas se ven obligadas a vagar por el espacio. El alma es energía. Ahora, imagina que La Tierra como tal está podrida por dentro ¿qué harías tú?

Hugo permaneció en silencio. Su mirada sólo se concentró en la fruta. Estaba demasiado confundido para pensar en algo coherente.

– Mañana Naveda, mañana tú mismo traicionarás la labor de tu antecesor. Mañana tu serás la clave para liberarlo. Tú tienes en la sangre la esencia remanente que podrá liberarlo.

Dicho ésto, lanzó un golpe que noqueó a Hugo.

Al despertar, todo era borroso, confuso. Al volver en sí, se encontraba ataviado con una extraña túnica de seda roja. Su cabeza estaba rapada. Al verse en un espejo, se percató que en el cráneo se hallaba la figura de una serpiente. Nunca la había visto. Jamás se había percatado de tener una cicatriz de ésa forma.

En ése instante, la puerta se abrió. Éra Astaroth, El Duque.

– Es hora Naveda. Tu destino te espera.

– ¿A qué te refieres? Yo no soy Naveda ¿no lo entienden? ¡No lo soy!

El demonio se acercó hacía él.

– Hace muchos años, tu pariente negaba su destino. Era cobarde como tu. Hasta me atrevo a pensar que la casualidad estuvo de su lado cuando disparó hacía el pebetero donde se encontraba nuestro hermano. Sólo con él estaremos juntos para poder liberar el último sello y poder desatar nuestro poder. Por fin, Los Siete Generales del Infierno podremos dirigir el destino del mundo.

– ¿Te refieres a mi abuelo?

Astaroth dió media vuelta.

– Es hora de partir Naveda. Es demasiado tarde para explicaciones. Mi hermano espera su libertad y nuestra impaciencia aflora, tú decides si cooperas por las buenas o asistes por las malas.

Hugo siguió al demonio por un pasaje obscuro.

Llegaron a un salón iluminado por seis antorchas, bajo las cuales se encontraban sentados los demonios. Astaroth tomó su lugar. Lucifer se levantó de su asiento.

– Hace muchos años, tú nos quitaste la posibilidad de gobernar La Tierra. Ahora, en ésta fecha, tú mismo nos devolverás ese derecho.

En ése momento, la serpiente en la cabeza de Hugo empezó a arder. Los ojos de Hugo empezaron a arder. Estaba siendo poseído por los espíritus. Lucifer se volvió a sentar. Los seis demonios cerraron sus ojos e inclinaron sus cabezas. Al centro, la figura de una serpiente idéntica a la que se encontraba en la cabeza de Hugo comenzó a arder. Avanzó hacía ella, sin que el fuego afectara su forma física.

Los demonios empezaron el rezo.

Dies irae, dies illa. Solvet Saeclum in favilla. Teste Satan cum sibylla. Quantos tremor est futurus. Quando Vindex est venturus. Cuncta stricte discussurus. Dies irae, dies illa!!

La serpiente ardió con un color verdoso. La atmósfera empezó a llenarse de azúfre. En ése momento, la voz de Abigor emanó de la serpiente ardiente.

– ¡SI! ¡POR FIN!

En ese momento, la cabeza de Balaam rodó hacía el centro de la sala. El fuego en el suelo comenzó a hacerse menos denso.

– ¡NO! ¡DETENGANLOS! – gritó Abigor.

Urielle con su espada había hecho un tajo perfecto sobre la forma humana de Balaam.

– ¡Rápido! ¡Destruyan la llave antes que se complete el ritual!

En ése momento, la luna empezó a tornarse de color rojo, como si fuera un eclipse. Avanzaba lentamente conforme llegaba el día 6 del mes 6 del 2006.

– ¡Rodeénlo! – gritó a su vez Lucifer, y los 5 demonios restantes hicieron una formación alrededor del todavía poseído Hugo. Éste a su vez, bajó el rostro y miró a Zadkielle, lanzándole una descarga de pura energía maligna, reduciendo su forma física a un montón de huesos quemantes.

– ¡JAJA! ¡AHORA EL JUEGO ESTÁ PAREJO! ¡AUNQUE YA SABEMOS EL DESENLACE! ¡ESTÁ ESCRITO! ¡JAJAJAJA! -gritó Abigor mediante la forma humana de Hugo.

En ese momento, apareció Michelle entre las tinieblas. Su mirada se limitó a ver los restos de Zadkielle. Luego miró a los demonios restantes.

– Tal parece que van avanzados ¿o no?

– Falta poco, muy poco – dijo Astaroth

– Malditos bastardos -musitó Michelle – ¡Destrocen a esos hijos de puta!

La batalla se tornó épica. Ángeles y demonios combatían uno a uno. No se veía un bando ganador.

– ¡BASTA! – gritó Abigor y de la forma humana de Hugo emanó una esfera de poder que absorbió a los ángeles, reduciéndo su forma humana a cenizas.

Los demonios gritaron. Las risas eran demasiado estruendosas.

– ¡El ciclo está a punto de cumplirse! – gritó Lucifer – ¡Rápido! ¡A sus lugares!

La luna estaba a un cuarto de completarse. El cuerpo de Hugo comenzó a brillar. Un tono verde invadió el cuarto y éste a su vez se llenó de humo.

La espada de Gabrielle partió el cuerpo de Hugo por la mitad. De éste emanó el cúmulo de energía alrededor del salón.

– ¡NOOO! – gritó Abigor – ¡Maldita seas! ¡Maldita!

Los gritos se perdieron en la nada. El fuego se desvaneció.

– Ésta era una buena oportunidad ¿sabías eso? ¿¡LO SABÍAS?! – pronunció Lucifer, mientras que los restantes empuñaban sus armas. – Lo mínimo que podríamos hacer ahorita contigo, sería cortarte en pedacitos, pero queremos disfrutarlo, como los buenos vinos.

– ¡SII! – gritaron al unísono los demonios.

Gabrielle se mantuvo firme. Serena. Mirando alrededor. Esbozó una sonrisa.

– Idiotas. Siempre han creído que van ganando. – Alzando la mirada, gritó: !CAELITES ÊRUPTIÔNIS¡ y su cuerpo empezó a brillar como el Sol. Empezó a emanar un fuego celestial que rápidamente quemó todo alrededor. – “Prometí que te cuidaría” – dijo mientras su forma humana se desintegraba junto con todo el edificio.

* * * * *

Las almas no se destruyen. El alma de Hugo se liberó gracias a Gabrielle, y vagará por el universo esperando reencarnar. La maldad casi consiguió su objetivo. Estuvo cerca. El Armagedón, la Batalla Final esperará para una mejor ocasión. Lo que Hugo no sabe, es que mientras su alma se encuentre vagando, Gabrielle siempre estará velando sus armas para protegerlo para cuando ese día llegue.

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Ángeles en el infierno (Parte 3)

7 diciembre 2009 Deja un comentario

“Y vi a un ángel fuerte que pregonaba a gran voz: ‘¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos?’ Y ninguno, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el libro, ni aun mirarlo. Y lloraba yo mucho, porque no se había hallado a ninguno digno de abrir el libro, ni de leerlo, ni de mirarlo”

Apocalipsis, C. 5, V. 2-4


De repente todo se convulsionó dentro del camión-celda que conducía a Hugo hacia la Penitenciaría de Madrid. Las balas se incrustaban en el blindaje del contenedor. Los policías llamaban a los refuerzos por radio, pero era inútil. La forma humana de los demonios era invulnerable a las balas.

– ¡JAJAJA! ¡Pereced, hijos de puta! -decía lascivamente Belial, uno de los 7 Generales Infernales, mientras disparaba a bocajarro contra uno de los oficiales, destrozándole el rostro.

– ¡Dejad algo para mi, que también tengo hambre! -le dijo Andrameleck mientras exprimía el cuello de otro policía, haciéndo que la presión hiciera estallar la cabeza.

– ¡Hay que capturar la llave, no hay que perder el tiempo! -dijo con voz imponente Leviatán.

Mientras en el interior camión-celda, Hugo se escondió debajo de uno de los asientos. –¡Carajo! ¡Qué mierda pasa afuera! -pensó mientras se agazapaba. En ese momento, una serie de golpes secos se oyeron en la puerta. En el exterior, Abaddón El Destructor rompía a golpes la puerta blindada del contenedor. –¡Carajo! ¡Carajo! -pensó Hugo mientras unas leves lágrimas escurrían de sus ojos.

Un silbido empezó de menos a más, como cayendo del cielo. Gabrielle logró dar un golpe a la forma humana de Abaddón y dejarlo momentáneamente fuera de combate . Enseguida aparecieron Zadkielle, Urielle y Raphaelle -todos en forma femenina.

– ¡ESPADAS! -gritó imponente Lucifer.  Enseguida, aparecieron en sus manos unos sables de fuego que eran capaces de cortar a cualquier enemigo. -Hace mucho tiempo Michelle.

– Si, Lucifer, hace mucho tiempo… -respondió Michelle -¡Gabrielle, rápido, vé por la llave!

– ¡NO! ¡A ELLAS! -diciéndo ésto, demonios y ángeles se enfrascaron en una cruenta batalla. Gabrielle, mientras tanto, iba hacia el camión-celda, cuando de repente apareció Abaddón.

– ¿A dónde, preciosa? -dicho ésto, lanzó un golpe devastador sobre la humanidad de Gabrielle, dejándola bajo tierra. -No eras tan fuerte después de todo ¿verdad?

Abaddón se dirigió hacia el contenedor, y con un sólido golpe final logró derribar la puerta. La forma humana de Abaddón sorprendió sobremanera a Hugo, quien no podía creer lo que estaba ocurriendo.

– ¡Bien, bien, bien! ¿Qué tenemos aquí? Tenemos asuntos pendientes Naveda ¡Jajajajaja!

¿Naveda? -se dijo así mismo Hugo.

De repente, el suelo empezó a retumbar, y como una centella salió Gabrielle de la tierra.

– ¿Es todo lo que tienes? ¿Y así te dicen El Destructor?

Abaddón se lanzó con toda la carga, pero Gabrielle lo detuvo con un golpe seco, lanzándolo en forma vertical. Se hincó, y su forma humana empezó a brillar. De su espada empezó a emanar un resplandor que cegaba. Alzó el rostro hacia donde estaba Abaddón y sus ojos eran de fuego. Tomó impulso.

– ¡CAELITES ICTUM! -y diciéndo ésto concentró toda su fuerza en la espada, alcanzando el corazón de la forma humana de Abaddón, logrando destruir el cuerpo.

Mientras ésto sucedía, Michelle y Lucifer mantenían una acérrima batalla.

– Quieres la llave ¿verdad? ¡Primero tendrás que pasar sobre mí!

– ¡Estúpido ángel! ¡Siempre haz hablado demasiado!

– ¡Gabrielle! ¡No tenemos mucho tiempo!

Gabrielle tomó la espada y se dirigió hacia Hugo. Los ojos de éste estaban perdidos y llenos de lágrimas. Simplemente no podía creer lo que ocurría frente a él.

– ¿Q-qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Quienes son ustedes?

Gabrielle sólo lo observaba. Tomó su espada y la dirigió hacia la humanidad de Hugo.

– Es necesario destruir la llave.

– ¿Llave? ¿Cuál llave? ¿De qué carajo me hablas?

– Lo siento, debes ser destruído.

– No… Por favor… No puedes hablar en serio…

– ¡AESTUS INFERNO! – gritó Balaam

Un fuego ácido rodeó a Gabrielle, haciéndo explotar todo a su alrededor. Balaam tomó del cuello a Hugo y desapareció junto con él.

– ¡RETIRADA! -Gritó Lucifer. Enseguida los demonios restantes desaparecieron en medio de un gran fuego. La forma humana de Gabrielle quedó en el suelo. Sus ojos no miraban a ningún lado.

– ¡Mierda! ¡Hijos de puta! -dijo Michelle mientras daba un golpe hacía el asfalto.

Parte 1

Parte 2

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Ángeles en el infierno (Parte 2)

27 noviembre 2009 2 comentarios

“Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto ser viviente, que decía: ‘Ven y mira’. Miré, y he aquí un caballo amarillo, y el que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades le seguía; y le fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad, y con las fieras de la tierra.”

– Apocalipsis, C. 6, V. 7-8.

La historia de la guerra fría entre el Cielo y el Infierno es casi eterna. Casi desde su misma creación. Todo comienzo tiene un desenlace, y éste tendrá lugar en la Batalla Final, donde todas las almas se concentrarán y elegirán el bando por el cuál luchar. Y he aquí que, después de centurias de guerra y destrucción, sólo quedará una deidad en el universo que pueda gobernar y decidir su destino.

Cada uno tiene su ejército, creado con las almas de los caídos. El Infierno, cuya sede terrenal se encuentra en España,  cuenta con sus generales, los Siete Grandes del Infierno. Asimismo, la Agencia del Cielo cuenta con los Siete Magníficos. Su base terrenal se encuentra en Italia. Los demonios y los ángeles no son materia tangible: son almas. Éstas, a su vez, se introducen en los cuerpos de humanos lo suficientemente dotados y preparados para llevar a cabo las misiones que las distintas estaciones asignan para completar.

En el caso de las obras buenas, se consideran por los mortales como “milagros”. En el caso de las obras malas, se les llama “tragedias”. Toma y daca. Acción y reacción. Se acerca el Día del Juicio. La pieza faltante del rompecabezas ha sido encontrada. Y sólo ésta puede definir el éxito de cada bando.

* * * * *

– Los contactos en el infierno nos dicen que ya lo tienen localizado. Si no actuamos pronto, será demasiado tarde – dijo Michelle, Comandante en Jefe del Ejército Celestial.

– ¿Qué opciones tenemos? – dijo Gabrielle, segunda al mando.

– No lo sé. Tendremos que revisar cada centímetro del planeta. Nuestro contacto no pudo transmitir más.

– Llamaré a la Comisión Estelar para que indague.

La Comisión Estelar era el contacto espacial que tenía poder sobre los satélites espías de los gobiernos terrenales. Prácticamente podían localizar cualquier cosa. En ésta ocasión, era la llave para la supervivencia humana.

Mientras tanto, en la base del Infierno en España, Zagam -uno de los Siete Generales Infernales – se reunía con los demás demonios.

– Bien, bien. Muy bien. Todo estará listo en cuanto lo tengamos. Hoy a medianoche irrumpiremos para capturarlo.

Estruendosas carcajadas se oían en el lugar. Un auditorio amplio, lleno de cristales obscuros que no dejaban pasar la luz del sol y cuyo interior estaba ataviado con cortinas moradas y un piso brilloso de color negro.

– Ya tengo todo preparado. Cuándo tengamos la llave, él estará aquí para iniciar el ritual. – dijo Baal.

– Pronto. Muy Pronto. Todo se teñirá de obscuridad y nuestro líder podrá salir para gobernar.

Más risas se perdían en la obscuridad del auditorio en la sede terrenal del infierno.

De vuelta en Italia:

– ¡Michelle, tenemos la ubicación de la llave! -dijo Gabrielle irrumpiendo en la sala de juntas de la base terrenal.

– ¡Rápido! ¡Código Rojo! ¡Sólo tenemos una oportunidad de atraparla antes de que esos bastardos lo hagan!

– ¿Y qué haremos cuando la hallemos?

– No tenemos opción. Habrá que destruirla…

Parte 1

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Ángeles en el infierno (Parte 1)

25 noviembre 2009 Deja un comentario

Munich, 1945

El fin de la guerra está cerca. Los Aliados avanzaron a través del río Rin y la inteligencia norteamericana ubicaba a Hitler en Berlín. En su desesperación, el Führer convocó su última carta bajo la manga: La Comisión Obscura, designada por él para los asuntos con el Infierno.
– Her Führer -dijo el Comandante Hailin -Todo está listo.

En el búnker de Hitler se hallaban cerca de 5 monjes de La Comisión Obscura, ataviados con túnicas negras. Al centro, un pebetero mostraba una flama verde. Hitler entró al búnker justo al tiempo que Berlín era bombardeada por los Aliados.

– ¡Abigor! ¡Manifiestate! -gritaron al unísono los 5 monjes de La Comisión Obscura. Acto seguido, el pequeño fuego del pebetero empezó a emanar un extraño olor, parecido al azúfre, y el fuego empezó a arder intensamente. En ese momento, una sombra gigante emanó del pebetero.

– ¡¿Quién osa llamarme?! – Gritó Abigor

– ¡Tus fieles sirvientes, oh gran Abigor, necesitamos de tus servicios! Nuestro líder, el gran Führer, necesita tu apoyo para ganar la guerra ¡oh, gran señor!

– ¿Y qué obtendré a cambio?

– A cambio, el Führer gobernará bajo tu consejo, la ideología Nazi invadirá La Tierra y todo se hará como tú ordenes ¡oh, gran señor!

– ¡NO! ¡No es suficiente! ¡Quiero el alma del Führer!

Dicho ésto, una extraña flama salió de los dedos de Abigor, envolviendo a Hitler. En esos momentos, el búnker era bombardeado, y un regimiento invadía el lugar. Uno de los soldados, de orígen francés, Ludo Naveda disparó al entrar hacia el pebetero, provocando que la sombra se desintegrara al tiempo que el Führer también desaparecía. Los monjes fueron asesinados y el lugar asegurado. Nadie sabía a ciencia cierta qué fué lo que pasó. A los dos días de capturado, el comandante  Ludwig Hailin se suicidó en su celda.

Hitler tenía todo planeado. Un doble suyo fué encontrado muerto junto con Eva Braun, su esposa, la cual había sido envenenada con cianuro. Las autoridades aliadas declararon a Hitler muerto al término de la guerra en Europa.

España, 2006

– ¡Hugo! ¡Baja a comer!

Yo me encontraba haciendo un hackeo a un servidor de una estación local de radio, para poner puras obsenidades. Mi vida nunca ha sido simple. Mis padre, de orígen catalán, y mi madre, mexicana, me han creado raíces mezcladas de una realidad incierta. Viví la mitad de mi vida en México, y a los 14 vengo a una tierra extraña de verdad para mí. No tengo vida social. Todo lo que creía, lo que tenía, se quedó en México. Todo se centra en la escuela y en mi computadora. Mi única compañía es la computadora. Todo lo que necesito. También hacía ejercicio. Es una sana rutina: me levanto, corro, regreso, trago, me largo a la computadora y de ahí hasta que acabe el día. He ahí por qué mi madre se molestaba tanto para hablarme para comer.

– ¡Carajo Hugo! ¡Si no vienes, te calientas la comida!

Mi padre fué ex-militar. Conoció a mi madre en una comisión que hizo a América Latina junto con el Secretario de Defensa de España. Se enteró que tenía un hijo 13 años después de nacido. Es raro. Me siento como un bicho que no encuentra su escondite. La transición no ha sido fácil. Lo trato indiferentemente. No me causa ningún sentimiento. Todo lo que he tenido mi madre lo ha conseguido. Debo confesar que me siento más tranquilo. Mi madre por fin ha descansado después de todos éstos años de arduo trabajo.

Al siguiente día, me levanté a correr como siempre. Mi rutina empezaba a las 6:30 de la mañana para terminar a las 8. Debo admitir que me gusta correr por los barrios de Madrid, ver sus plazas, ver a la gente correr para subir al metro. Mientras yo, en mi soledad interna, disfrutaba de su inmundicia, de su desesperada vida.

La sangre fluye como una cascada cuando te cortan la yugular, regularmente tiende a manchar lo que esté a un radio de un metro a la redonda por la fuerza de la presión. Mi madre yacía sobre el charco que dejó su propia sangre. Mi padre no había corrido mejor suerte: su cabeza había desaparecido así como su corazón. Después de eso, la obscuridad.

Al despertar, me encontraba en la comisaría de policía del centro. Extrañamente, sólo estaba yo en el cuarto. Nadie. A la media hora de haberme despertado, entró un hombre robusto, de unos cuarenta, detective al parecer. Y se sentó a un lado mío. Cargaba un café en su mano derecha y en la izquierda un expediente.

– Con que tú asesinaste a tus padres ¿no?

La afirmación me dejó helado. ¿Asesino yo?¡Piensa! ¿Qué hiciste? Por un momento dudé de mis actos. Sólo atiné a reflexionar sobre lo que dijo el policía. No contesté.

– Bueno chaval, parece que aquí tenemos lo suficiente como para dejarte de por vida en la cárcel. A menos, claro, que tengas alguna excusa convincente para dejarte ir. Dime ¿amabas a tu madre y por eso la mataste? ¿Eh? O seguramente el viejo no te dejaba ir a las cañas ¿o me equivoco?

Seguí sin contestar. La charla comenzaba a incomodarme.

– Siendo así, no tengo nada que hacer aquí. Sigue sin contestar, cabrón, que ya cantarás. Y más te vale que lo hagas. No querrás cagarte de por vida en una prisión.

Al cerrarse la puerta, puse mi rostro hacia abajo. Comencé a llorar. A llorar desesperadamente.

Al siguiente día, los periódicos hablarían del “Asesino de El Bueno“, ya que así se llamaba la calle donde vivíamos. Mis abuelos, mis tíos, todos, me dieron la espalda. Sólo podía confirmar lo que ya sabía: estaba solo. Solo como un perro. Solo como un huérfano. De hecho eso era a partir de ahora: un huérfano. Sólo que no fué propiciado por mí. A la cuarta noche, me transladarían a la penitenciaria de Madrid.

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