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Mentiras necesarias

26 julio 2010 3 comentarios

Ya lo decía el mamón de Arjona: “una mentira que te haga feliz vale más que una verdad que te amargue la vida“.

O el momento.

Todos hemos dicho mentiras alguna vez. Todos absolutamente. ¿Por qué miente la gente? ¿Por necesidad? ¿Por enfado? ¿Porque no tiene nada más que hacer? No señor@s, se miente para conseguir lo que se quiere. Yo miento. Digo, no todo el tiempo, pero si lo hago. Tal vez por complacer, tal vez por enfado, tal vez porque siempre me preguntan una y otra vez lo mismo. Es como un Deja Vu que me persigue y me estresa cada vez que tiene oportunidad: “Con que si hijo de puta, ahora mismo te haré mío” y me folla el pensamiento y está chingue y chingue y me eleva a una pinche sensación de inmadurez inpositiva que me pone como…

No sé…

Bueno si, me pone como güey. O más objetivamente, ansioso. La ansiedad empieza a ser una parte de mí. Me dá insomnio, me dá por querer descansar y no poder. Todos quieren un pedazo de mí, y se encabronan si no lo consiguen. Es la presión diaria, minuta de un desencuentro de emociones que no logro controlar. Así como a veces la vida que pasa y pasa. Como el carro de la basura, como el perro que se rasca la cola contra el pavimento, como el pinche mosquito que no deja dormir.

Chupa-sangre…

A mí me chupan el tiempo. Bien podría decirse que los vampiros, pero no. No llegan a tal categoría. “Usted puras putonas de La Merced. Las secretarias sólo para gente con categoría” le decía Héctor Belascoarán a Gilberto Gómez-Letras. Y encima de todo, la invasión mediática. Que las ventas nocturnas. Que la euforia por estrenar. Que la cremita para las varices. Que los dedos-mágicos-vibradores para el consuelo. Y encima de todo, mi teléfono ¡AH! Cómo chingados no mencionar a mi protagonista principal: el teléfono celular. No se compara con las ganas de mear ¡No! Cada que suena el teléfono un escalofrío recorre mi espina dorsal, mi glande se ensancha y mi fundillo se contrae. Uno de mis teléfonos, el otro casi no suena. Y cuando eso sucede, ya no me molesto en ver quién llama. Otra vez el Deja Vu. Pero algo sí ha cambiado: mi tono al contestar. Me voy volviendo un pinche bot, un hijoputa, un Boogie El Aceitoso al otro lado de la línea, ya me da igual. Tengo respuestas programadas para todo. Éste bot tiene la respuesta -a veces poco amable -a todas sus preguntas, pero también éste pinche bot se sobrecarga, se enfada, se apaga.

Y es que a veces, éste pinche bot está programado en modo mantenimiento ergo modo de mentiras necesarias, porque -paradójicamente con Asimov -éste pinche bot tiene una vida, vaya, nadie le ha comprado esa vida, por ende, todavía tiene el derecho de querer contestar esas llamadas.

Un robot listo para usar y ser usado.

¿Y a dónde me guía todo ésto? No lo sé. Vaya, no es como coger con una buena mujer, ni nada por el estilo. Ni siquiera placentero es. Pero una cosa es segura, me lleve donde me lleve, quedaré de pie.

Muerto de pie.

Cheers

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Incoherente

Ya no más impulsivo…

Y es que me he dado cuenta que ya pienso dos veces lo que hago, y me doy cuenta cuando me quieren hacer pendejo. Sólo que luego cedo y agarro el madrazo como viene.

Impulsivo e incoherente me dijeron una vez, y yo me lo creí. Claro, una cosa es serlo y otra creérselo. Sólo compraré lo incoherente. La impulsividad (sic.) ya la he dominado un poco. Lo ardilla no, que conste. Muchas veces me privo. Me quedo viendo algo, hasta que algo (ji) o alguien me despiertan de mi pendejez. #G se queja mucho (bueno, no) de eso, al igual que #Tutter. Insisten o sólo se quedan viendo hasta que reacciono. Creo que traigo algo en el cerebro (aparte de la suciedad) que me hace comportar como Homero Simpson (“mmmmmh… Cer… veeeezaaaaa“) y que ha hecho que muchas veces pierda el camión, me pase la calle a la que iba o me pierda algún comentario.

La nada. La simplicidad del ser como soy. A veces ni el desatino de los pinches pájaros que trinan me hacen reaccionar. Y si, a veces si pienso, en el pasado. Sobre todo en el inmediato. Ése pasado que ya no quiero que me alcance, y que invariablemente a veces añoro y rechazo.

Ahora, he cambiado lo impulsivo por lo intolerante. Ya no soy tan buena onda, ya me desespero con facilidad. ¿Por qué? Porque en la Facultad me acostumbré a estar con pura gente de mi calaña: bien pinche egocentrica, mamona y chingona. Porque hasta eso si sabemos. Y no es por pinche “modestia”, es la neta. Sólo que a veces uno tiene que navegarle con bandera de pendejo para sobrevivir en el trabajo. Pero últimamente, esa bandera ya me pesa. Ya me empieza a caer gorda, porque no quiero caer en la mediocridad. Así que, cuando alguien me pregunta lo mismo dos veces, o no me lo sabe preguntar, recurro inmediatamente al sarcasmo, o me encabrono. Así de fácil.

Es eso, o me estoy volviendo amargado, cosa que dudo.

Si, lo dudo con seguridad.

Gracias por haber sido así, porque aprendí más yo.

Cheers…

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Karma

6 julio 2010 2 comentarios

“Estaba a punto de resguardarse tras de una estructura de un puesto de periódicos, cuando una descarga de escopeta lo partió por la mitad. Cayó sobre un charco… Quería alcanzar algo, asir algo… Después quedó inmóvil… Un hombre se acercó, pateó su cara dos veces, subió a un auto y se fué… Sobre el cadáver de Héctor Belascoarán Shayne, siguió lloviendo”

La muerte es algo muy cercano para mí. Cercano y lejano. Es como si yo tuviera una tregua con la muerte. De hecho todos la tenemos, y en ese sentido hay muchas teorías al respecto. Todos vamos muriendo a partir de que nacemos, como diría Sylvia Plath, todos vamos en un contexto más o menos intuitivo muriendo, nuestros cuerpos van evolucionando y a la vez descomponiéndose, muriendo.

Anyway.

La cuestión es, que la muerte tiene una especie de pacto con el karma. El karma, como ya lo he dicho, es cabrón, o cabrona, no perdona. Yo tengo -en todo caso -una especie de conexión con el karma. El karma le dice a la muerte “hey, esa persona no va más en la tierra, hay que sacarla”. Si, esa o esas personas que estorban en la evolución de uno o más seres humanos, es sacada del juego. Así de radical el asunto. Incluso los pordioseros que uno vé en la calle, que tu dices “güey, no mames, qué chingados haces de la vida” tiene su función. Que no la veamos, es otra cosa.

Podríamos decir que son parásitos, que no sirven. Y podríamos decir que gente que vale mucho la pena se fué abruptamente. Todos tenemos un plan. Incluso Dios tiene un plan. Ya lo dijo Constantine: “no me molestaré en entenderlo, pero sé que Él tiene un plan”.

Yo no debería estar aquí -según yo y mis pinches locas ideas -desde los 6 años. Si, yo debería estar ya reencarnado en alguno de los Jonas Brothers o en un hijo de Michael Jackson disfrutando de su fortuna. O de una mascota de alguna celebridad. O una mosca. En 1986, ese accidente marcó algo en mí. Tal vez el karma y la muerte me observaron. Me pesaron. Me evaluaron. Y fuí digno de estar aquí. ¿Cuánto tiempo? No lo sé.

La muerte es algo muy subjetivo para mí. Me expreso con mucha frialdad acerca de ella. Me duele, si, que algún ser querido se vaya. Pero sé que -al fin y al cabo -terminaré viéndole en otra parte. Y sé que ellos estarán ahí esperando para convivir un rato. Sólo un rato. Haciendo fila para otra ocasión en que ésto se vuelva a repetir, en que formateén mi memoria, y vuelva a ser utilizado.

Cheers…

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