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Brillo

25 abril 2011 2 comentarios

Ya soy alguien que pasa de 30. Ya tengo dos o tres ondas medio retro.

No es queja.

Cuando ves la ilusión de una jóven de 22 años que se va a casar, recuerdas esa misma ilusión que tenías a esa edad. No es que no la tengas después de los 30. Incluso no te la crees. Sin embargo, algo cambio. Si, los golpes de la vida te han vuelto alguien más jodido, más cauteloso, más ingenuo. Sin embargo, tiendes a tomar el riesgo, a ir por todo, porque ese brillo que ves, esa ilusión, esa necesidad es la misma que tuviste algún día. Y claro, como fallaste, piensas que será así siempre.

Por eso es que soy celoso. Bueno, a veces.

Y todo tiende a ser mejor, sin embargo, no siempre puede ser tan ideal. Es como cuando tus amigos te dicen “quedas mal” y piensan que es por ella. Si supieran que ella es a la que más le duele la situación. ¿Ya he dicho que soy workaholic-twentyfour-seven-madafucka-insane? Si, así puede llamársele al individuo que deja todo por estar en un trabajo. Sea cual sea. Se vuelve una obsesión, una forma de vida. Ja, vida. La vida está afuera de una oficina, afuera de los reclamos. Y lo peor es que la especie en cuestión lo sabe y se hace pendeja. Si, para eso si se hace pendeja. Piensa que todo depende de él (o ella) y que todo debe ajustarse a lo uno haga.

Houston, we have a problem

Me gustan los churros con chile. Los adoro. Con verdura y así. También soy fan del café frappé. Y a burlarme de la gente que se cree de la crema y nata nada más porque viajaron a Rusia o a Praga o a Francia o a… Algún pinche país al que yo no he viajado. Como si viajara. El hecho es ¿será una forma de reprimir mi coraje por no salir? Claro, tal vez por eso sólo me conformo con probar café y churros. Necesito otro aire, bueh, siquiera respirar para saber qué se siente. Sentarse en la orilla del Estribo y ver la situación, ver esa pequeña cabaña donde tengo todo mi montón de fierros viejos y recuerdos dolorosos y mancillados, mis perversiones, mis ilusiones. Si, ahí donde tengo todo almacenado. Y limpiarlo y pulirlo y decir “chingue su madre el PRI” y todo lo que yo quería de jóven y que yo mismo me arrebaté el día que no le hice caso a mi abuela…

Pero justo cuando piensas que toda esa mierda está consumiéndote (y de hecho lo hace de una forma lasciva) llega esa mirada, ese brillo que te hace decir -una vez más -“Carajo ¿por qué no?” y si… Voy como torito contra el capote, pero ésta vez, si, ésta vez tengo que hacerla. Fallarle -a ella -no es una opción. Porque si fallo, ésta vez se caerá todo. Y mi vida no habrá valido la pena… Qué dramatismo, si…

Qué dramatismo…

Cheers…

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