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Viejos

Iba con miedo, si. Pero necesitaba ese instrumento, ya que sin él, no podría lograr mi cometido. Sin hacer ruido, me iba deslizando. Abrí un cajón: nada. Me asomé bajo su cama y nada. En eso, me habló abruptamente: “¿Qué necesitas Prieto?” -“Abuelo, necesito un sacapuntas para mi lápiz. Quiero dibujar.”

Isidro sacó su navaja. Siempre la tenía a la mano. La abrió, y me dijo: “Fíjate bien” y empezó a cortar de a poco la madera del lápiz. Le sacó un filo extraordinario. Y para un mocoso de 3 años, eso era lo más grandioso que alguien le había enseñado.

“Necesitas un jugo con dos yemas, hijo” -“No abuelo, no me gusta, me dá asco” -“Dele un jugo con dos yemas, por favor”. Así era mi abuelo Miguel. Terco. A veces recio. Siempre tuvo en su mirada una tristeza poco usual. La impotencia de no haber dejado muy buenas cosas tras de sí. En cambio, dejó 15 hijos, los cuales actualmente dan pena ajena, sobre todo porque la palabra “hermandad” se la pasan por los güevos.

Mis abuelos. Hombres recios. Verdaderos hombres.

Sin ellos, yo no estaría aquí. No tendría un padre y una madre, cuyas personalidades entremezcladas desembocaron en mi peculiar y muy cabrona forma de ser.  Bueno, ni tanto.

Descansen en paz, los quiero mucho.

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Categorías:Uncategorized Etiquetas:
  1. 9 noviembre 2010 en 1:18

    Los abuelos suelen ser muy buenos dadores de recuerdos y enseñanzas en los pequeños que como tu no los olvidan.

    Besos Mau.

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