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La Fábula de los Gatos Danzantes en El Valle de la Muerte (I) ®

“Morir es un arte”

– Sylvia Plath

Shika veía cómo su compañero estaba embarrado en el piso.  Unos momentos antes, Kato había sido aplastado por un pesado camión de volteo. Sus ojos -saltados por la presión -habían salido de su cráneo. Estaban vacíos.  Shika sólo se limitó a observar, mientras decenas de autos la esquivaban para evitar aplastarla. Los ruídos del claxón eran indiferentes a sus oídos. Ella sólo observaba, contemplaba la muerte, tal vez en espera de ver el espíritu chillón de Kato.

Pero nada sucedía. Ráfagas de viento golpeaban su rostro. De repente, algo en ella se quebró. Y empezó a maullar de una forma horrenda. Vió cómo un automóvil iba directamente hacía ella y con un movimiento ágil saltó hacía la acera. Kato seguía siendo una calca sanguinolenta sobre el pavimento. La gata sentía cómo el corazón galopaba como corcel endemoniado. Faltaba poco para que estallara.

Kato y su salto de 3 metros

Nació hace dos vidas en Japón. Sus padres fueron las mascotas preferidas de la familia Fujiwara, una de las más influyentes de la región. Desde pequeño, mostró dotes de inteligencia superior sobre los demás gatos. No era, evidentemente, un gato cualquiera. Cada 500 años nacía un elegido por cada raza. El Elegido duraría 9 vidas. La marca en su panza no era mera casualidad. Era él. Era uno de esa distinguida raza de felinos que estaba destinada a hacer un cambio.

Entre los gatos eran conocidos por Seishin, por su peculiar habilidad para hablar con los espíritus de los hombres muertos. Cuando llegó a la madurez característica de su raza, se fascinaba por la sangre que los hombres vertían al ser atravezados por una lanza en una batalla. Cara pagó su curiosidad. En una de las batallas, se vió en medio de los soldados de Tokugaway y los del clan Asakura, quienes combatían por la posesión del territorio. Ver espíritus no siempre es benévolo. Conforme iban muriendo, los caídos se iban “levantando” de sus cuerpos. Por un momento, querían correr, pero se daban cuenta que no podían tangir nada. Al voltear, veían su cuerpo inerte, y llenos de  impotencia, volteaban a cualquier lado en busca de ayuda, en busca de respuestas. Ellos podían oír, pero no ser escuchados. Podían ver, pero no ser observados. Aislados. Sólos. Ésa era la debilidad de Kato. No podía distinguir entre humanos y espíritus.

Nunca dejó de observar, siempre se mantuvo inerte en su sitio, mirando. Mientras tanto, su cuerpo era desgraciado por los miles de pies que pasaban encima de él. No sintió dolor. No sintió miedo. Simplemente quedó ahí, mirando. Como un niño fascinado por un dulce gigante. Uno de los Seishin se acercó a él.

– Es bello ¿verdad?

Kato asintió sin decir ninguna palabra.

– Cada uno tiene una misión en la vida. Tu ya haz desperdiciado una oportunidad por tu ingenuidad y holgazanería. No debiste perder tiempo ¿sabes? Ver lanzas y sangre será algo a lo que deberás acostumbrarte. Sin embargo, una vez es suficiente para darse cuenta del error y no volverlo a cometer. La segunda vez sería imperdonable. No sólo afectarías tu destino, sino de todo el círculo que depende de ti. -Añadió el gato llamado Reyko.

Kato sólo se limitó a voltear y con una mirada triste, dijo: “es suficiente, vamonos”.

Kato y Reyko se vieron de repente envueltos en una humadera negra, espesa. Kato sintió cómo se empezaba a elevar de una inusual manera.

“Esto que vives, no es realmente lo que ves. Ni los ojos, ni tu tacto, pueden apreciar lo que el mundo de los espíritus ven desde aquí. Para llegar a ver lo que aquí se aprecia, debes llegar a una inconciencia perfecta. Apagar todo, dejarte llevar. Es claro que nada aquí podrá llevarte a la felicidad. Es, sin embargo, una lucha constante entre la conciencia y la realidad. Es como un caballo desbocado, una carrera a toda velocidad. Su velocidad constante no te deja pensar. Así es la muerte. La ves tan cerca y tan lejana que poco te preocupas cómo te va a llegar. Nada pasa por tu cabeza antes de morir. Pero una cosa es segura, y es que un instante antes de que suceda, alguien ya está esperando por ti. Está predestinado.

– ¿Qué hacen ellos aquí? – preguntó Kato

– Ellos son los obreros. Verás, nuestra estructura espiritual es algo compleja, algo así como una pirámide.

– ¿Una pirámide?

– Así es. Hay jerarquías tanto en el mundo físico como en el mundo espiritual.

– ¿Y cómo es que se identifican esas jerarquías?

– Ven. – Reyko se dirigió por un pasadizo obscuro. Miles de almas gatunas obreras estaban laborando. Todas tenían el mismo signo en la panza. El mismo que él poseía. El pasadizo se hacía cada vez más estrecho. A pesar de ésto, alcanzó a salir de éste. Llegaron a un lugar lleno de luz. – Es aquí. Aquí será tu prueba. Aquí demostrarás qué lugar ocupas en la pirámide.

Miles de almas gatunas se hallaban entrenando. Más allá, se encontraba lo que parecía un precipicio donde miles de almas gatunas intentaban saltar. Sin embargo, todas caían, mientras que sus lamentos se perdían en el fondo del abismo.

– Nadie en 300 años ha podido saltar ese precipicio. Le llamamos El Vientre. No es que sea muy difícil de saltar para un gato, físicamente hablando. Sin embargo, El Vientre no permite que nadie le salte. Detecta la debilidad en los corazones de los gatos que intentan cruzarle. Los que caen, quedan varados aquí durante 100 años trabajando, para después volver a resucitar, y al morir, volver a intentarlo. Los que intentan por novena vez cruzarlo y no lo logran, están condenados a sufrir eternamente, bailando para divertir a las Almas más puras.

– ¿Almas más puras?

– Aquellas almas que siempre que intentaron cruzar El Vientre, lo lograron sin algún problema. Sobra decir que son pocas las almas de ese tipo. Ahora bien, la distancia no parece mucha, en realidad son tres metros físicos. Con suficiente vuelo, un gato podría cruzarlo sin problemas. Pero como te he dicho antes, si no tienes el suficiente ímpetu, si dudas por cualquier motivo, El Vientre te arrastrará. Así que te sugiero mucho el pensártelo dos veces, antes de saltar. Tienes todo el tiempo para hacerlo.

Kato observó aquél pozo. No tenía duda en vencer aquel obstáculo. Sin embargo, las palabras de Reyko hicieron mella en él. ¿Acaso El Vientre podría detectar esa confianza y confundirla con inseguridad? ¿Acaso El Vientre era una trampa preparada para El Elegido? Kato empezó a dudar. Empezó a pensar que tal vez lo mejor sería no hacerlo. Sin embargo, algo en él lo obligaba a hacerlo. Empezó a recordar la sangre que emanaba a borbotones por los cuerpos de los humanos que iban cayendo atravezados. El iris de sus ojos se amplió. Y empezó a correr. Corrió a pesar de ser un espíritu inexperto. Por un momento, dejó todo temor atrás. No le importó que a lo lejos, Reyko le gritaba con sumo estruendo algo que nunca entendió.

Y saltó a través de El Vientre.

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